Agricultura y ecología

“NO HAY FUTURO POSIBLE QUE NO INCLUYA A CAMPESINOS Y CAMPESINAS INMERSOS EN TERRITORIOS AGROECOLÓGICOS”

La agricultura gravita en un juego de relaciones de poder que no ha sido abordado suficientemente por la ecología política y el pensamiento ambiental. Por esta razón, Omar Felipe Giraldo, Doctor en Ciencias Agrarias e investigador en el Colegio de la Frontera Sur en México, presentó su libro: “Ecología política de la agricultura: agroecología y posdesarrollo” para buscar explicaciones y soluciones al respecto.

En conversación con Rimisp, Omar nos habla sobre modelos de desarrollo, proyección de la agricultura rural y su potencial frente a las grandes organizaciones de producción masiva.

fotoOmar Felipe Giraldo junto a su nuevo libro 

¿Cuál es el futuro de la agricultura rural campesina?

Hablar del futuro siempre es riesgoso, porque uno tiende a realizar proyecciones basadas en las tendencias del presente. Pero la historia enseña que los procesos no son lineales: hay cambios disruptivos críticos en los que la sociedad tiende a reorganizarse. Lo que quiero decir es que las tendencias de las últimas décadas muestran cambios poblacionales drásticos con un marcado proceso de urbanización. Si uno hace proyecciones de ese modo, basado en las anacrónicas ideas del progreso y el desarrollo, está inclinado a argumentar que la extensión del actual modelo civilizatorio es inminente, y que gústenos o no, la agricultura rural campesina está destinada a desaparecer. Sin embargo, creo que es necesario mirar las cosas con mayor cuidado. Como sostengo en mi libro, tenemos que aceptar que es físicamente imposible continuar el crecimiento del actual modelo civilizatorio, pues la base material y energética que le dio sostén a todo el modelo está llegando a su fin. Existe una contradicción intrínseca del sistema en el que nos hallamos inmersos, porque es inviable seguir sosteniendo un crecimiento indefinido del capital y el consumo, alimentado de una naturaleza finita. Nos hallamos en el comienzo del fin de la era de los combustibles fósiles, y parece que no existe alternativa que pueda remplazarla. Cada vez encontramos más evidencia sobre el hecho de que nos encontramos al borde de un colapso civilizatorio, en la medida que las condiciones naturales que sirvieron de sostén para la dinámica de acumulación se están acabando, y puede que esa sea la clave del colapso del sistema urbano-industrial que se expandió por el mundo desde mitad del siglo XVII. Nos tocó el final de la fiesta del despilfarro y la abundancia, y ese es el contexto en el que tenemos que pensar no sólo el futuro de la agricultura campesina, sino del conjunto de una sociedad que mira la ciudad como la meta última a la que deben dirigirse todas las sociedades. Es urgente horadar aquella creencia compartida según la cual después de la ciudad no hay más sino la ciudad, y que, por tanto, estamos abocados a la hipertecnologización y a la artificialización del mundo, como nos muestran series de televisión como Black Mirror o las películas de ciencia ficción de Hollywood.

Muy en contravía de esta creencia, pienso que estamos obligados a transitar hacia el postextractivismo y el posdesarrollo. No existe otra opción. El sistema globalizado de producción, distribución y consumo de alimentos, dependiente de petróleo, gas, carbón, y de la extracción de minerales, que genera degradación de los suelos, contaminación del agua y la atmosfera y cambio climático, está condenado a la desaparición, y en ese sentido, opino que la única alternativa viable es la relocalización de las economías, la agroecología y la recampesinización ¿Será acaso posible pensar que en el contexto del colapso civilizatorio es posible un cambio de asentamientos donde la agroecología sea la base que posibilite el Buen Vivir de las poblaciones? Sé que la crisis de escasez, producida por el desenfreno actual, es también una buena ocasión para intentar mantener este modelo psicótico, lo cual da pie al despojo del agua, el acaparamiento de tierras, la privatización y mercantilización de las semillas, saberes, y biodiversidad, para la ampliación de nuevas formas de negocios y especulación. Ese es el escenario de guerra que se le ha declarado a los habitantes rurales en el actual escenario de la acumulación neoliberal. No obstante, también considero que no hay futuro posible que no incluya a campesinos y campesinas inmersos en territorios agroecológicos. Hablo de una sociedad que haya recobrado una vida más simple, más austera y más pequeña en escala, que haya encontrado nuevos equilibrios ecológicos y donde se hayan regenerado los ámbitos de comunidad. Como decía Arne Naess, más simple en medios, pero más rica en fines. Y para ello no veo más futuro que no sea una Vía Campesina para todos.

 

¿Cómo, y en qué condiciones, los movimientos sociales están respondiendo ante las actitudes generadas por este modelo de desarrollo?

 

Los movimientos sociales están respondiendo de una manera muy creativa. En lugar de esperar a que sean las instituciones del Estado las que vengan a socorrer a los pueblos de las catástrofes (las cuales, valga decir, son responsables por haber actuado en colusión con el gran capital transnacional durante la era del desarrollo), los pueblos están organizándose para enfrentar la debacle de manera autogestiva, volviendo a restablecer lo común. En el libro me concentro en los procesos sociales de la agroecología, mediante metodologías como campesino a campesino. Algunas experiencias en el mundo, como la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños de Cuba, el zapatismo en Chiapas, México, o el movimiento de la Agricultura Natural de Presupuesto Cero en India, vienen mostrando que es posible reavivar la red de relaciones adormecidas por la creación de necesidades del desarrollo, y revitalizar la solidaridad, la cooperación y la reciprocidad. Mediante el intercambio de saberes y la construcción de arquitecturas organizativas en red, han logrado que sectores campesinos e indígenas reencuentren soluciones situadas, y se liberen las potencias colectivas de actuar juntos. Hemos sido ciegos ante la evidencia de estas experiencias, que nos muestran con especial elocuencia, que la mayor riqueza que debe fomentarse es la riqueza de las relaciones convivales, como decía Iván Illich, y que ellas solo pueden activarse cuando se aviva la creatividad colectiva, la imaginación para crear nuevos conocimientos, y en el caso específico de Campesino a Campesino, cuando la experimentación y la circulación de saberes está bajo el control de los sectores populares del campo. Procesos sociales de este tipo están desafiando el monopolio del saber, el cual, en este sistema, suele estar concentrado en un puñado de empresas que son las que crean los productos y servicios que luego ofertan como mercancías. Es lo que pasó durante la revolución verde, y los movimientos sociales ya no sólo están diciendo ¡Ya Basta! a este “proyecto de muerte” sino que al tiempo pueden mostrar un proyecto alternativo. Este tipo de procesos que defienden la agroecología como la única alternativa viable al modelo del agroextractivismo y el sistema alimentarios globalizado, se dan en diferentes escalas. Por un lado se trata de organizaciones localizadas, que efectúan relaciones cara a cara, pero que en otra escala se articulan con el mayor movimiento social de la historia moderna: La Vía Campesina, una red de 181 organizaciones de 81 países que representa cerca de 200 millones de campesinos, pueblos indígenas, pescadores, pastores nómadas y agricultores urbanos. La cuestión es que, por un lado, los campesinos siguen impugnando el sistema que los despoja, que contamina sus territorios con venenos y transgénicos, que crea monocultivos y desiertos verdes, que los expulsa hacia las urbes, que no ofrece ninguna alternativa para vivir dignamente en el campo, pero lo hace mostrando un proyecto otro basado en la agroecología y la soberanía alimentaria. Es nada más ni nada menos, que un proceso de disputa de hegemonía, como aseguraba Gramsci, en el que se está disputando el sentido común con las élites del agronegocio, mostrando las innumerables bondades, sociales y ecológicas, de la agroecología y la soberanía alimentaria campesina, indígena y popular.

 

¿Por qué el ser humano se ve a sí mismo como un ser superior a la naturaleza?

 

En el libro precisamente comienzo mostrando que la base que le da sustento al crecimiento del agroextractivismo es cultural. Y por eso es necesario deconstruir la cultura que le sirve de soporte a todo el andamiaje de la sociedad agroindustrializada. En particular, me parece importante remitirnos a una fractura fundamental entre la naturaleza y la cultura occidental a partir del siglo XVI de la Europa occidental que a la postre se tornaría global. Fue a partir de ese periodo (el cual coincide con el ascenso del capitalismo y que dura varios siglos hasta nuestros días) cuando empezó a percibirse la naturaleza como un objeto inerte, que podría controlarse, dominarse y manipularse con el apoyo de la ciencia y de la técnica. Desde entonces, el destino humano ya no estaría a merced de la Providencia ni del imperio de la naturaleza, sino que podríamos hacer nosotros mismos la historia mediante la movilización de una razón calculadora para avanzar de la minoría de edad (como decía Kant), y de la barbarie, hacia estadios civilizatorios cada vez mayores. Es en pocas palabras lo que llamamos el proyecto de la modernidad, el cual fue posible, valga la pena recordar, por el proyecto de la colonización de Europa sobre su periferia y la movilización de las colonias para servir como fuente de metales preciosos, materia prima y mano de obra esclava. En todo caso es la percepción de la naturaleza como objeto, la que ofrece la estructura de significaciones para la expansión de un agroextractivismo cuya racionalidad trata a la tierra como una bodega repleta de recursos disponibles, y cuando cobra sentido una relación basada en la explotación y la manipulación, como hoy vemos gracias a los avances de la biotecnología, la industria petroquímica, la ingeniería agrícola y la zootecnia. Es esa autopercepción antropocéntrica como sujetos superiores y esa desacralización del mundo que subyace a esta visión (aquella forma de comprender todo lo no-humano como cosas, como mercaderías, como commodities que alimentan la máquina de acumulación de capital) lo que ha hecho crisis profunda, llevándonos a un escenario catastrófico en términos de destrucción de la biodiversidad, deforestación, abuso del agua, contaminación con fertilizantes de síntesis química, degradación de los suelos, contaminación del agua dulce y caladeros de pesca, destrucción de la capa de ozono, calentamiento global, destrucción de polinizadores bióticos, y ello sin contar los efectos sociales del acaparamiento de tierras, la erosión de culturas, el aumento de la desigualdad, y un largo etcétera. Estas son sólo manifestaciones de una historia que tiene una base cultural, y es por ello que  considero fundamental desnudar, con toda su radicalidad, el telón de fondo sobre el cual se asientan las prácticas y creencias propias del agronegocio extractivo, como intento hacer a lo largo del libro.

 

¿Es posible cambiar el pensamiento contemporáneo en donde se visualiza la naturaleza como un baúl de recursos disponibles a ser explotados?

 

No solo lo creo posible, sino que no encuentro otra salida. Es físicamente imposible continuar esa ruta suicida. Por eso planteo en este trabajo acerca de la importancia de la agroecología para las transiciones civilizatorias, para el postextractivismo, el posdesarrollo, y la construcción de múltiples mundos más allá de la esfera del capital. Por un lado, porque ecológicamente hablando este sistema contranatura no tiene muchas oportunidades. Pero también porque la transformación de los paisajes, la reverdización del mundo mediante las estéticas de la agroecología, también funcionan como el escenario de nuestra autopercepción yoica y desligada de la tierra. Con la agricultura ecológica no sólo transformamos los espacios; también nos transformamos nosotros mismos. La agricultura es también una forma de ser afectados. Los paisajes de la diversidad, de la multiplicidad, de la diferencia, del florecimiento de la vida, producen también cambios en nuestras formas de “ser”, producen afecciones sobre nuestros cuerpos. Los lugares nos habitan. Por eso la transformación ontológica y espiritual que tan urgente necesitamos (hablo de aquel auto-entendimiento yoico, como si fuéramos sujetos desligados entre sí volando entre objetos inertes, por otro entendimiento como seres hiperrelacionados, interdependientes y pertenecientes a las tramas de vida) no podrá lograrse al margen los lugares habitados, pues es a partir de las transformaciones que le hagamos a los lugares como acaecerá la manera de comprendernos a nosotros mismos. No podremos cambiar ese pensamiento del que me hablas, si no hacemos modificaciones ecosistémicas que estén en absoluto respeto y acoplamiento con las relaciones vitales que nos habitan. La agroecología, como la entiendo, no es sólo una manera de cultivar alimentos. Es todo un registro estético que servirá como el teatro para la transformación ontológica en estos tiempos de profundo peligro.

 

El libro refiere al funcionamiento del sistema agroalimentario globalizado, criticando la expansión de acaparamiento de tierras ¿Qué ventajas podría tener el campesinado frente a una producción masiva a gran escala?

 

Las estadísticas nos dan la razón. A pesar de lo que se cree el agronegocio latifundista de monocultivo y la gran producción agroindustrial no alimentan al mundo. Solo proveen el 30% de los alimentos a pesar de que acaparan las mejores tierras de cultivo. Son los campesinos del mundo quienes proveen el 70% de los alimentos restantes. Esa cifra nos da una idea de las ventajas de la agricultura campesina frente al agro negocio intensivo en capital. Sin embargo, hay que decirlo, mucho de esos campesinos y campesinas han sido incorporados al gran proyecto de la geopolítica global agraria como consumidores de los paquetes tecnológicos de la revolución verde, como deudores de créditos bancarios, como proveedores de fuerza de trabajo estacional y barata para las plantaciones, y más recientemente, están siendo incluidos a las cadenas de alto valor para la agroexportación, mediante esquemas como la agricultura por contrato y otros tipos de asociación. Esta inclusión que comenzó a escala planetaria durante la posguerra ha creado una catástrofe de dimensiones apocalípticas. Ha hecho a la gente dependiente de los insumos comerciales, ha traído endeudamiento que incluso, llegó a provocar el suicidio de 250 mil agricultores en la India. Ha creado destrucción de las condiciones ambientales (como plagas y enfermedades, erosión y pérdida de fertilidad, contaminación de aguas, cambio climático), ha generado hambre, una dieta industrial insalubre, al tiempo que ha devenido una colonialidad del ser, el saber, el pensar y el sentir que impide que otras alternativas emerjan. Esto hay que decirlo, porque es la base social y natural mayoritaria con la cual tenemos hoy que lidiar. No obstante, también existen otras historias. Con el grupo de investigación en el cual colaboro, hemos mostrado, a través de casos exitosos, que la agroecología puede volverse un fenómeno masivo. Hablo de muchas pequeñas familias, en pequeñas parcelas, sobre territorios cada vez más grandes.  Y ello ocurre cuando existe organización y un tejido social que le sirva de soporte; cuando los campesinos toman en manos su propio proceso de transformación y no dependen de otros agentes externos; cuando existe tierra y se pone sobre esta base prácticas efectivas, y cuando se define un discurso movilizador que ponga la agroecología como el horizonte a ser recorrido. Cuando esas condiciones se dan,  podemos darle la vuelta a la historia de las calamidades creadas por el agro-negocio industrial, y podemos soñar, porqué no, que toda la alimentación del mundo se produzca por pequeñas familias agricultoras mediante esta área antes mencionada, mientras rechazamos el “proyecto de muerte” en el que hemos quedado inmersos durante la era del desarrollo: que la agroecología está ayudando a ponerle fin.

 

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